Para empezar quiero marcar una distinción entre dos términos, difícil y complicado.
Complicado, metafóricamente hablando, significa enredado o enmarañado. La trama del cuento El hombre, de Juan Rulfo, es complicada, porque hay cuatro distintos narradores y hay muchos elementos que entran en juego para entender quién está narrando en cada momento. Seguir una prueba matemática de 50 páginas que consiste en 344 pasos. Describir detalladamente el funcionamiento de un Boeing 747 también es complicado por la enorme cantidad de elementos y relaciones que deben explicitarse. Manejar un avión también es complicado y los aprendices de aviación tienen grandes dificultades al principio, pero con el tiempo se vuelve fácil.
Difícil, en cambio, es algo que requiere mucho trabajo. Algo complicado como manejar un avión normalmente implica trabajo y es, por lo tanto, difícil. Pero no todo lo que es difícil es complicado. Cargar una barra de 80 kg es difícil para un ser humano, pero no es complicado en el sentido de que no hay una maraña de pasos a seguir para lograrlo. Hablar en público es difícil para muchas personas; les cuesta mucho trabajo.
Decimos de algo que es complicado o sencillo, pero dicha complejidad o sencillez no está evaluada en términos del esfuerzo de un sujeto, sino de propiedades supuestamente objetivas de lo que estamos calificando como sencillo o complicado. Es un hecho que, en comparación con el número de elementos necesarios para explicar el funcionamiento de un péndulo, hay un gran número de elementos que considerar al explicar el funcionamiento de un Boeing 747.
Sobre lo difícil o lo fácil, en cambio, no se ha de entender que sean propiedades de los objetos que estamos calificando, sino más bien de los sujetos que interactúan con ellos. Levantar 80 kg. es difícil para un ser humano, pero seguramente es fácil para un elefante. Como lo difícil o lo fácil se dice en términos del trabajo o esfuerzo que implica una tarea, aunque gramaticalmente sea una propiedad adjudicada a pesos o eventos públicos, realmente califica una relación entre un sujeto y una acción. (Hablar en público -- una persona adulta promedio= difícil; vestirse -- una persona adulta promedio = fácil; levantar un sándwich -- una hormiga = difícil; volar un avión -- un piloto experimentado = fácil).
No siempre nos queda claro si algo es o no es complicado, en parte porque estamos acostumbrados a confundir ambos grupos de propiedades. Es decir, damos por hecho que si algo nos cuesta trabajo se debe a que es complicado; adjudicamos una propiedad objetiva a las cosas y nos desentendemos del rol que nosotros mismos jugamos en el trabajo que nos cuesta realizar una acción. Lo que hasta aquí he escrito, por ejemplo, no tengo cómo saber si es fácil o difícil por ahora (hasta que escuche algunos comentarios), pero no me parece complicado ya que tan sólo estoy marcando una distinción ofreciendo muchos ejemplos; no hay demasiada argumentación que seguir.
Entender el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein es primordialmente difícil, antes que complicado. Lo complicado del texto es algo trivial y es tan sólo el orden expositivo, pero eso no tiene interés, cuando menos para la filosofía. La difícultad filosóficamente interesante consiste en lo fundamental de las creencias que nos pide poner en duda.
La pregunta por el objetivo del filosofar es una pregunta que los filósofos suelen poner a un lado argumentando que pueden filosofar sobre otros temas sin necesidad de tener antes una respuesta a esa pregunta. Eso es cierto y sucede lo mismo con muchas otras preguntas filosóficas: las pregunta por lo que debemos hacer no nos impide hacer cosas; la pregunta por lo que podemos conocer no nos impide hacer ciencia; la pregunta por lo artístico no nos impide hacer arte. Pero que la falta de respuesta a una pregunta filosófica no sea una barrera práctica no hace de las preguntas filosóficas un asunto trivial, de hecho evadir o posponer la respuesta no nos deja tranquilos.
Lo que un grupo de filósofos digan sobre el conocimiento científico seguramente no tendrá una influencia directa ni será tomado como bandera ideológica por los científicos.
Yo creo que lo difícil de esta cuestión está en que hay un elemento de la personalidad que cuesta trabajo dejar de lado pero que debe superarse si uno ha de enfrentarse plenamente con la cuestión. Lo difícil es que vemos que el trabajo filosófico no se trata de encontrar verdades fundamentales que todas las personas razonables deberían tomar como ciertas. Ése ha sido el sueño de filósofos como Platón, Hobbes y Russell. Parece que todo el chiste de la filosofía está en la discusión misma. Quizás no haya un sólo asunto en la filosofía que no se haya puesto en duda a cuyas posturas no se les haya dado apoyo en sólidos argumentos tanto a favor como en contra. A pesar de esto, el filosofar persiste en la historia.
Wittgenstein encuentra una manera de salvar el asunto reconociendo que la filosofía no trata de verdades, sino de discutir seriamente, sin caer en una trivialización de esta actividad humana que tanto apreciamos. En lugar de considerar que la filosofía consiste en un cuerpo de verdades especiales esperando a ser descubiertas que todos debemos aceptar por la pura razón aunque hasta hoy no hayamos encontrado ninguna de ellas, podemos considerar a la filosofía como una actividad que consiste básicamente en hacer preguntas inteligentes, en replantear conceptos, en revisar las herramientas intelectuales que utilizamos en otras áreas del pensar donde parece que sí descubrimos verdades acerca del mundo.
La mayoría de los seres humanos típicamente requieren reconocimiento social y la mejor manera de obtenerlo es mostrar que, en la maquinaria social, el rol desempeñado por el engrane que uno representa es indispensable para el funcionamiento exitoso del mecanismo. En la metáfora, la filosofía sería un engrane que recibe influencia de otros engranes pero que, a su vez, no es indispensable para hacer girar ningún otro engrane de la sociedad. Quizás por ello sea particularmente difícil entrar en el pensamiento Wittgensteiniano, pues pide a los filósofos que no se den más importancia de la que realmente tienen.
No me parece imposible pensar que en este mundo hay cosas inútiles y muy valiosas. Muchas obras de arte, por ejemplo, son prescindibles para el funcionamiento de la sociedad, pero no dejan de ser joyas de la humanidad.
No deja de ser valioso el buen abogado aunque nunca logremos tener justicia en todos los rincones del mundo, tampoco deja de ser valioso el filosofar aunque no nos dé respuestas, sino más preguntas.
Podemos continuar la metáfora mecánica y decir que la filosofía es un engrane que no sirve para nada en el sentido de que no mueve otras cosas, pero quizá sea inevitable que gire e incluso parece ser un síntoma de salud cuando no parece tener trabas para realizar sus preguntas. La prohibición de las preguntas filosóficas en una sociedad es típicamente una señal de enfermedad o mal funcionamiento.
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